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Salamanca. 19-09-19
"La culpa es suya, que no sabe defenderse"

Desterremos de una vez la idea de que hay que sufrir para curtirse y ser fuertes. Dejemos de hablar de “leyes de vida”: nadie merece aprender a hostias y mucho menos un niño. Dejemos de ver a la infancia como una suerte de campo de entrenamiento para salir bien parados de la selección natural.

Autor: David García. Activista por los derechos humanos

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El verano, para la mayoría nuestros niños y adolescentes, tiene un significado no meteorológico: vacaciones. Pero como este artículo no va sobre mayorías, vamos a dirigir la vista hacia aquellos jóvenes para los que el verano, además de vacaciones, también significa un par de meses en los que pueden intentar cicatrizar las heridas que sus iguales les han infligido durante el curso escolar. Tenemos que hablar de estos niños y jóvenes que ahora mismo están en sus casas, seguros y queridos; pero que cuentan, con miedo, los días que les quedan para volver al infierno. Se lo merecen.

A la hora de abordar el acoso escolar nos aparece el primer problema: ¿qué podemos entender como acoso escolar? En la calle podemos encontrar diferentes definiciones, muy a menudo sesgadas por las experiencias personales, pero lo acertado es considerar que el acoso escolar es el hostigamiento físico, verbal o relacional deliberado y repetido en el tiempo que se da entre niños y adolescentes. Es decir, no estamos ante “cosas de niños” o incidentes aislados que ocurren en el patio de recreo, sino ante una espiral de odio y crueldad dirigida contra el que es percibido como diferente, no teniendo por qué serlo realmente, dirigida a destruir su autoestima.

Aclarar esto es necesario para poder tener claro a qué tipo de relaciones tóxicas nos enfrentamos, porque en nuestro país todavía nos hace falta tomar conciencia sobre la gravedad de la cuestión. No debemos olvidar que la protección de los menores es un valor sagrado de nuestra sociedad y que la infancia y la adolescencia son etapas clave en la formación de la personalidad y las consecuencias del acoso —falta de autoestima, dificultades para socializar, etc. — pueden lastrar a un inocente mientras viva.

En un reciente informe, Amnistía Internacional pone de manifiesto las deficiencias del sistema educativo español a la hora de abordar el acoso escolar. En él se evidencia la falta de formación y recursos de los profesores e inspectores de educación, al mismo tiempo que se constata que los padres, en la mayoría de los casos, desconocen la situación por la que atraviesan sus hijos o advierten su gravedad cuando el daño ya es difícilmente reparable.

Sin embargo, este desconocimiento contrasta con la percepción que parecen tener sus hijos, los alumnos, pues ellos sí son conscientes cuando uno de sus compañeros está siendo víctima de acoso e incluso, en algunas ocasiones, reconocen participar en las burlas por presión grupal: si quieres seguir dentro del grupo, ataca al que está fuera. Es aquí donde, en mi opinión, reside el problema: estas dinámicas se siguen transmitiendo generación tras generación y los bienintencionados protocolos de actuación sólo contribuyen a estigmatizar a la víctima, a señalarlo como “el chivato” y, además, no son ni de lejos suficientes para poner fin a las nuevas formas de acoso escolar derivadas del uso de las nuevas tecnologías. No es suficiente establecer una muralla de profesores para proteger a la víctima o castigar reiteradamente a los acosadores, aunque es cierto que este tipo de medidas pueden servir como paso previo y urgente a una intervención conjunta del equipo de orientación y de los padres.

Creo que nos estamos equivocando con el enfoque que actualmente se le da al fenómeno, aunque a simple vista pueda parecer el más lógico. En mi opinión, es necesario seguir centrados en la víctima, pero también hay que prestar atención a la realidad que rodea al acosador. Tal y como señala el informe de AI, en muchas ocasiones puede conseguirse más analizando qué es lo que lleva a los acosadores a realizar estas conductas y tratando de cortar el acoso desde la raíz, que tomando medidas paliativas y punitivas.

Por otro lado, es muy difícil conocer el alcance real del fenómeno, pues los datos sobre este no suelen estar desglosados, lo que imposibilita un análisis detallado sobre los perfiles de víctimas y acosadores, o directamente no se han recogido. Además, si bien existen teléfonos de atención a la víctima de acoso escolar, sólo los casos más graves se ponen en conocimiento de la inspección y del centro educativo, lo que hace imposible una intervención temprana que podría ser mucho más eficaz y mucho más justa con la víctima, pues cuando el acoso ya se ha perpetuado en el tiempo, la única solución factible es su traslado a otro centro.

Nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales se ha acostumbrado a exigir fortaleza y comportamientos heroicos a la víctima, a normalizar estas diabólicas formas de relacionarse y a legitimar la ley del más fuerte. Estoy seguro de que todos hemos escuchado a algún padre —me aventuro a decir que en este caso el género masculino no es inclusivo— que a su hijo le hacen la vida imposible, pero que “la culpa es suya, que no sabe defenderse”. Pues no.

Desterremos de una vez la idea de que hay que sufrir para curtirse y ser fuertes. Dejemos de hablar de “leyes de vida”: nadie merece aprender a hostias y mucho menos un niño. Dejemos de ver a la infancia como una suerte de campo de entrenamiento para salir bien parados de la selección natural.