Logo de Amnistia Internacional
CABECERA

Sección Española | Navarra | Pamplona

Formulario para buscar dentro de la web de Amnistía España
CONTENIDO

Inicio  Noticia

Noticia
Pamplona. 31-03-16
El Hambre en el mundo, una cuestión de Derechos Humanos

El hambre se ha revelado como el problema humano más grave del mundo actual. Ocupa el número uno en la lista de peligros para la salud a nivel mundial, provocando más muertes que el sida, la malaria y la tuberculosis juntas.

 

Es por ello que los Objetivos de Desarrollo del Milenio proponen como primer propósito reducir la pobreza extrema y el hambre a la mitad en el 2015.

Haz clic para ampliar

Qué es el hambre

Hablar de hambre es hablar de la tiranía, de la falta de oportunidades, es decir la desigualdad y la injusticia. Quien padece hambre son los seres más débiles que debieran estar más protegidos. Los niños desnutridos, aunque no mueran de hambre, tienen hipotecado su futuro por la insuficiente alimentación, escasa en nutrientes para su desarrollo físico, intelectual, afectivo y social.

En su edad adulta,  marcados por su deficiente desarrollo, tendrán limitado su acceso al trabajo y oportunidades. Un país que alberga ciudadanos con hambre y desnutrición también tiene limitados sus recursos y desarrollo pues su potencial más valioso, el humano, está disminuido en sus posibilidades.

Y sin embargo expertos y organismos manifiestan que el hambre es un problema con solución.

A quien afecta el hambre   

Hambre y pobreza son un binomio indisoluble. Son las personas empobrecidas   las que lo padecen, los países sometidos al subdesarrollo quienes soportan  mayores índices de pobreza y hambre y son las personas excluidas de la sociedad quienes también lo padecen, tanto en los países del sur donde el abismo de la desigualdad es patente, como en los del norte donde crecen guetos de excluidos.

Mil millones de personas en el mundo no pueden acceder a los alimentos básicos necesarios para vivir dignamente, el 60% mujeres, aunque son ellas las responsables de la mitad de la producción de alimentos y artífices del sustento principal de la población rural en los países empobrecidos

La desnutrición infantil se ceba con 55 millones de niños y niñas de los que mueren 3,5 millones por no poder acceder a un tratamiento.

En el otro lado del problema el sobrepeso afecta a tantas personas como el hambre y la obesidad, enfermedad de los países desarrollados que padecen 300 millones de personas.

El hambre no es un fenómeno que se de principalmente en catástrofes o emergencias. Aunque estas reciben una mayor atención mediática suponen sólo el 8%  de la población afectada por el hambre. Es por ello que la solución requiere medidas a largo plazo.

El derecho humano a la alimentación

El hambre es fundamentalmente una violación de derechos humanos. El artículo 25 de la Declaración Universal de Derechos Humanos establece que toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios.

Este derecho viene reconocido en todo el sistema de protección de derechos humanos. Pactos, convenciones y declaraciones de conferencias lo recogen amplían y garantizan legalmente. Otra cosa muy distinta es su cumplimiento. Al estar considerado dentro de los Derechos Económicos Sociales y Culturales, su judicialización es mucho más débil que los Derechos Civiles y Políticos.

Siendo los sectores más afectados mujeres e infancia reciben un tratamiento especial. Tanto la Convención para la Eliminación de toda forma de Discriminación contra la Mujer como la Convención de los Derechos del Niño recogen el derecho a una atención que garantice una nutrición adecuada.

El cumplimiento del derecho a la alimentación  es garantía de una vida digna, sin el cual no se puede dar. Es por ello que en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez y otros casos de pérdida de los medios de subsistencia por circunstancias independientes de a la voluntad, el estado debe garantizarlo. Todo derecho conlleva unas obligaciones que implican a los estados y otros poderes políticos y económicos en su cumplimiento.

Disfrutarlo significa tener la posibilidad de conseguir un trabajo en condiciones satisfactorias, es también garantía de un alto estándar de salud mental y física y con ello poder recibir una adecuada educación, disfrutar de la cultura y el ocio y poder participar en la vida social y política de la comunidad.

Para que el derecho a la alimentación sea completamente realizado hay que garantizar otros derechos como el derecho al trabajo, a un medio ambiente sano, a no ser discriminado y garantizar la igualdad entre hombre y mujer, a disfrutar de los beneficios del progreso científico, el derecho a la seguridad social el desarrollo y la paz.

Los Derechos Humanos son indivisibles e interdependientes, cuando uno de ellos se vulnera los demás se resienten. El hambre no sólo niega el derecho a la alimentación sino que imposibilita el disfrute de otros muchos derechos y depende del cumplimiento de otros más que hacen posible una vida digna.  

Por qué existe hambre en el mundo

El hambre no es una cuestión de mala suerte, es una de las grandes injusticias con la que convivimos y que en buena medida hemos aceptado como irremediable, una de esas desgracias cuyo rostro nos conmueve pero ante la que sentimos que no podemos hacer gran cosa.

Que el problema más grave de la humanidad pueda solucionarse y no se haga parece paradójico. Tan paradójico como que el hambre esté presente en un mundo donde hoy se produzcan un 30% más alimentos y la producción agrícola mundial sería suficiente para alimentar al doble de la población del planeta.

No es una cuestión de escasez de alimentos sino de acceso a ellos. La pobreza a la que se somete a 4.000 millones de personas en el mundo origina que muchas de ellas no tengan recursos para adquirirlos.

En algunos países que padecen hambre ha habido comida para alimentar a su población e incluso para exportar productos agrícolas.

La naturaleza tampoco es culpable. La intervención humana en el medio ambiente determina que se produce, donde y para qué. También tiene la consecuencia del desequilibrio ecológico y la desigualdad. El primer factor tiene mucho que ver con los desastres naturales el segundo con los desastres humanos y ambos afectan de nuevo a las poblaciones empobrecidas.

La llamada revolución verde, orientada a la mejora de semillas y aumento de la producción no produjo los efectos proclamados. Tres de los países en los que ha tenido más éxito, Filipinas, México e India, han mantenido inalterable su tasa de población hambrienta.  Ahora una nueva versión de esta revolución verde basada en la biotecnología y la manipulación genética de los alimentos, es más una amenaza que una solución.

Grandes extensiones de terreno se dedican al cultivo de productos agrícolas para la producción de agrocombustibles. Esto significa cultivos extensivos que desplazan a la agricultura local orientada al consumo humano, la utilización de grandes cantidades de agua, el agotamiento de las tierras, y el empobrecimiento de la biodiversidad.

Son impactos medioambientales y económicos que tienen mucho que ver con las causas del hambre.

Los precios de los alimentos se deben más a las leyes del mercado que a las leyes humanas. Los precios de los productos agrícolas se han duplicado desde principios del año 2000. Los costes de producción y transporte la demanda de materias primas y los cambios climáticos, la expansión de los agrocombustibles son factores importantes en el encarecimiento.

Pero si de mercado hablamos no se nos puede escapar que los productos alimenticios básicos se han convertido en refugio de los capitales financieros que especulan con sus precios para obtener mayores rendimientos. Si las personas empobrecidas utilizan el 75% de sus recursos para la adquisición de alimentos, la volatilidad de los precios provocada por esta especulación tiene consecuencias trágicas para ellas.

El mercado de producción y distribución está altamente concentrado. Un pequeño grupo de empresas como Monsanto y Du Pont, acaparan el mercado de las semillas y Potash Corp, Yara y Sinochem el de los fertilizantes en el primer tramo de la cadena alimentaria. Protegidas por la ley de propiedad intelectual se mueven en un mercado desregularizado y liberalizado donde obtienen pingues beneficios

Al comienzo del siglo una compañía de supermercados  Walmart se convierte en la mayor empresa del mundo con una política de implantación que hace desaparecer los pequeños negocios de distribución de alimentos y arruina al campesinado y distribuidor local.

Con bajos precios de imposible competencia para los pequeños negocios locales, se convierten el mercado único al que poder acudir e imponen precios hábitos de consumo y condiciones laborales de sus empleados y empleados.

Además de la tierra el mar es otra de las fuentes de alimento y medio de vida para las personas que viven de la pesca. También está sufriendo una fuerte presión. Acuerdos de acceso a las aguas territoriales está expulsando a los  pescadores a favor de la pesca industrial. Sus actividades en áreas protegidas y prácticas depredadoras están acabando con la pesca como garantía de alimento para millones de personas.

El derecho a la alimentación está en buena parte en manos de las multinacionales agroalimentarias, un poder económico protegido por los poderes políticos e instituciones internacionales.

El hambre no es una realidad virtual

En fechas señaladas o cuando la desgracia se convierte en noticia, el hambre ocupa por un tiempo la pantalla de los informativos. Imágenes de impacto tratan de motivar nuestra generosidad.

Pero lo que vemos se nos hace lejano a nosotros y nosotras, encuadrado en una pantalla casi es parte de la ficción. Sin duda se juega con las escenas y el hambre, entre otras desgracias inducidas o no, se hace parte de la realidad virtual.

Alejados de la verdadera dimensión y causas del problema, los remedios que se nos ofrecen son tan simples como falsos. Sin quitarle valor a los actos de generosidad que impulsan algunos programas y el tratamiento de las noticias relacionadas con el hambre, el camino de la solución se recorre con actitudes de compromiso más que con gestos esporádicos.

Debemos entender que el hambre es un problema tan cercano como cerca queramos sentirnos de quienes lo padecen. Tendremos que acercarnos a el en toda su magnitud y descubrir que no se puede deconstruir una realidad que tiene que ver con el injusto reparto de los recursos y el acceso a ellos, el respeto al medio ambiente, el desarrollo sustentable y las formas tradicionales de trabajar la tierra, las formas autoritarias de gobernar los países y también las instituciones internacionales y sobre todo la violación de un derecho humano fundamental que anula otros muchos y requiere un decidido acuerdo internacional y una protección jurídica de las víctimas. 

Soluciones al problema

La solución al problema del hambre deberá abordarse desde una óptica global que contemple los diversos factores que intervienen en su existencia.

Factores económicos y políticos a escala internacional y al interior de los estados deberán cambiar radicalmente para poner la satisfacción de una necesidad humana por encima de las ganancias económicas.

Íntimamente relacionados están las políticas medioambientales y de recursos naturales donde el equilibrio ecológico deberá garantizar la alimentación y el respeto a la naturaleza que la proporciona.

Facilitar el acceso de las poblaciones empobrecidas a los alimentos invirtiendo la perversa lógica de la producción y distribución hoy imperante.

Devolver la propiedad de la tierra a quienes la trabajan de manera sostenible, facilitando los medios necesarios para que sea fuente de recursos para una vida digna y revierta en beneficio de la comunidad en que se habita. Y entre estos recursos,  fundamental el acceso al agua.

Compartimos un planeta, también la responsabilidad de lo que le ocurre a el y a las personas que lo habitan. Los hábitos de consumo del norte afectan a las posibilidades de alimentación del sur. Tenemos que combinar el rechazo a las imposiciones injustas que originan la pobreza y el hambre, exigir transparencia y regulación en toda la cadena de producción transformación y distribución de alimentos y al mismo tiempo modificar nuestros hábitos de consumo.

En un mundo con recursos limitados, nuestro consumo responsable debe exigirnos prescindir de lo innecesario y limitarnos a lo imprescindible. Una voluntaria austeridad debe abrirse paso entre la lógica del consumo que identifica bienestar con saturación.

Cada vez que consumimos tomamos una decisión. Que esta favorezca un tipo de producción asociada a unos valores éticos o no dependerá de nosotros y nosotras y tendrá tanta importancia en el conjunto como las elecciones individuales que asumimos.

La soberanía alimentaría alternativa   

Como una alternativa real que se construye desde la práctica la soberanía alimentaria aborda el manejo de la alimentación desde una perspectiva múltiple que contempla la defensa del medio rural y medioambiental, la solución a los problemas del hambre y la pobreza y el derecho a decidir de cada estado y comunidad sus propias políticas agrícolas, poniendo en el centro de las mismas a las personas, empezando por quienes producen los alimentos.

Es una alternativa de cambio social  hecha desde la agricultura que contempla el conjunto de implicaciones que esta tiene en su desarrollo.

Nos sitúa en la posibilidad de elegir que es lo que queremos producir y consumir, como los vamos a producir y comercializar, que tipos de tecnologías vamos a utilizar. Pone el énfasis en el productor y el consumidor y marca el modo de relación entre ambos.

Prima el consumo local y los productos de temporada reduciendo los costes de producción y tratamientos artificiales de los alimentos. Posibilita así un precio más justo para el que produce los alimentos y también para quien los adquiere, una reducción del consumo de energía y del impacto medioambiental.

Al reducir y simplificar los canales de distribución eliminamos intermediarios y controlamos la calidad de los productos. aumentamos también la relación entre el productor y el consumidor garantizando la calidad de los productos y fortaleciendo la pervivencia del medio rural.

La soberanía alimentaria vincula el modo de producción de los alimentos con el modelo de consumo.

La agricultura ecológica libre de semillas transgénicas, pesticidas y fertilizantes garantiza no solo el medio ambiente sino también el medio social. El consumo crítico pone énfasis en el modo de producción y distingue entre precio y valor. Lo que consumimos no tiene un valor añadido a lo que pagamos por el.    

 

Fernando Armendáriz Arbizu