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Opinión

Crisis de refugiados o de derechos humanos

Desde que comenzó lo que se ha venido en llamar la crisis de los refugiados en Europa, tanto por las informaciones erróneas como por el desconocimiento se han producido y se producen confusiones entre como denominar y cuál es el tratamiento que dar a las personas que salen de sus países movidos por necesidades que les obligan a abandonarlos.

Los últimos atentados de París y la amenaza real del terrorismo yihadista enreda aún más la cuestión aflorando discursos inaceptables que lanzan sospechas sobre las personas refugiadas y siembran el recelo entre la ciudadanía europea. No hay que olvidar que son los musulmanes las víctimas más numerosas de la violencia terrorista y que es precisamente esa violencia la que les ha convertido en refugiados al tener que huir para salvar sus vidas.

Conviene tener una idea clara del estatus jurídico de cada persona y los derechos que como tal le corresponden y que en consecuencia debe exigirse que se cumplan por parte de las autoridades y estados.

En el mundo hay un total aproximado de 214 millones de migrantes de los cuales más de la mitad son mujeres. Deberán ser tratadas como personas sujetas de derechos y como tal respetar su derecho a la vida, seguridad y dignidad, tanto en el trayecto desde sus lugares de origen como en los lugares de destino, cosa que vemos no se cumple en ningún caso. También es necesario un serio análisis de las causas que les obligan a migrar para actuar sobre ellas con firmeza si realmente se desea acabar con esta lacra humana.

Pero, sin desmerecer la atención debida a las personas migrantes, quienes nos inquietan en este momento son los refugiados y refugiadas que deambulan por Europa en una ceremonia cruel de confusión.

A los migrantes les mueven necesidades económicas y el deseo de labrarse un mejor porvenir, imposible en sus países de origen. A los refugiados y refugiadas les obligan a huir los conflictos armados o la persecución por sus opiniones políticas, religión, nacionalidad o pertenencia a un grupo étnico o social. Las personas refugiadas en el mundo van en aumento y suman en la actualidad según indica ACNUR 19,5 millones a las que hay que unir 38,2 millones más de desplazados internos, esto es, personas que sin salir de sus países se han tenido que desplazar por los mismos motivos que las refugiadas abandonando sus tierras y pueblos y huyendo generalmente a ciudades dentro de las fronteras. También deberíamos sumar las 1,8 millones de personas solicitantes de asilo a las que todavía no se les ha concedido el reconocimiento oficial de serlo.

La persecución, los conflictos, la violencia generalizada y las violaciones de derechos humanos han creado una “nación de desplazados” que, si fuera un país, sería el 24º mayor del mundo. La mitad de esta nación la compondrían ciudadanos y ciudadanas de Siria, Afganistán y Somalia y mayoritariamente serían mujeres, niñas y niños

Su protección obliga a todos los estados que son parte de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 ratificado por 145 países. Es el primer instrumento verdaderamente internacional que contempla los aspectos más importantes de la vida de un refugiado. Explica detalladamente una serie de derechos humanos fundamentales de todo refugiado que deben ser protegidos a un nivel al menos equivalente a las libertades que disfrutan los extranjeros en un país determinado y en muchos casos a las de los ciudadanos de dicho Estado.

También les asiste el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención de Ginebra y otros instrumentos legales del Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

Este testimonio personal recogido por Médicos Sin Fronteras en el documental Éxodos resume dramáticamente como se puede convertir una persona en refugiada: “Antes de la guerra lo teníamos todo”, dice Salwah Mekrsh, una adolescente siria. Salwah caminaba en noviembre de 2012 por el casco antiguo de Alepo, cuando un francotirador disparó contra ella. Fue trasladada a varios hospitales de la zona y finalmente fue evacuada a Turquía. Se quedó en silla de ruedas.

Europa en su conjunto debe responder al desafío humanitario que supone la afluencia de refugiados. Lo debe hacer con rapidez con sentido humanitario anteponiendo la atención de las personas a las fronteras. También debe aplicar una solidaridad comunitaria atendiendo a los países europeos de primera frontera y que soportan una mayor carga de refugiados y refugiadas y solventando con firmeza las actitudes de algunos países miembros de la unión que tratan con una crueldad inaceptable a las personas que llegan huyendo y llaman a sus fronteras.

Tras un largo y tenso periodo de debates y reuniones Europa aprueba conceder 160.000 plazas de reubicación. Estas cuotas son claramente insuficientes ya que han llegado 800.000 personas a Europa a través del Mediterráneo, la mayoría potenciales solicitantes de asilo.

A España le corresponde en este reparto acordado 9.323 personas, lo que supondrá el 0,02% de la población española, es decir, 2 personas refugiadas cada 10 mil habitantes.

Según cálculos del ACNUR Europa debería prepararse para ofrecer en los próximos dos años al menos 1,38 millones de plazas de reasentamiento y admisión humanitaria, cifra respetable pero que en absoluto desbordaría la capacidad de los países europeos. Quizá la vieja Europa tendría que recordar su historia no tan lejana cuando tras la Segunda Guerra Mundial se encontró con necesidad de dar respuesta a 40 millones de refugiados.

Tampoco vendría mal echar una mirada alrededor y observar como países como Turquía y Líbano, de dimensiones mucho menores, soportan más de un millón de refugiados y refugiadas cada uno seguidos de cerca por Irán. Países como Paquistán, Etiopía y Chad dan acogida a personas en un número que deja en ridículo las cuotas establecidas por Europa.

Pero nuestra mirada debe estar atenta a las protagonistas de este fenómeno lamentable, las personas refugiadas. Ellas son las más vulnerables y las que padecen la violencia que les obliga a huir y el rechazo de quien debiera brindarles refugio.

Desde enero de 2015 más de 411.000 personas han emprendido peligrosas travesías para alcanzar la seguridad en Europa. Cerca de 3.000 han muerto en el intento. Cuando por fin llegan a los límites de Europa se encuentran con que los estados miembros de la UE han construido más de 235 km de vallas en las fronteras exteriores de la UE, que han costado más de 175 millones de euros. Son criminalizados y sometidos a un calvario para encontrar una ruta segura por donde entrar y si esta no se encuentra se ven obligados a confinamientos inadecuados o a sufrir el rigor del invierno que se acerca a la intemperie.

¿Cuántas imágenes de niños ahogados harán falta para que Europa humanice su trato a las personas que buscan asilo? Se preguntaba un activista por los derechos humanos.

Es cierto que se han movilizado muchos grupos de solidaridad, tanto de organizaciones como individuales que el lema refugees welcome recorre Europa y las ciudades declaradas de acogida están listas para recibir a las personas que ansían poner fin a este sufrimiento añadido al de su condición de refugiadas pero corresponde a los estados gestionar la entrada de los flujos asignados y su ubicación por lo que nos queda esperar pero de una forma activa recordando que el respeto a la dignidad humana y el reconocimiento de los derechos que la garantiza es de una superior consideración que otras cuestiones.




Fernando Armendáriz Arbizu